Posted on Nov 4, 2008
'Tengo que hablar de los muertos, así que debo bajar la voz. Algunos están completamente muertos para mí; otros sobreviven en mis gestos, en la forma de mi cráneo, en mi manera de fumar, de hacer el amor, de alimentarme: como y bebo ciertas cosas por encargo de ellos. Son numerosos. Uno pasa muchos años sintiéndose solo entre la gente hasta que un día se encuentra con sus muertos, nota su presencia discreta pero constante. No alborotan demasiado (...). La personalidad, lo poco que tú mismo te añades, es una nimiedad en comparación con la herencia que los muertos te dejan. Personas que ni siquiera he llegado a conocer sobreviven en mí: se ponen nerviosas, escriben novelas, albergan deseos y luchan contra sus miedos en mí.'
SÁNDOR MÁRAI 'Confesiones de un burgués'
Cuando leo cómo en tantas y tantas culturas existe el llamado 'temor reverencial' a los muertos y cómo abundan las ceremonias y rituales a fin de aplacar la presunta furia de los fenecidos no puedo menos que maravillarme. ¿Se deduce que existe una especie de sentimiento de culpabilidad del vivo por seguir vivo frente al muerto que tuvo 'la mala suerte' de morir? ¿El vivo teme la envidia del muerto? No lo sé: asunto complejo.
Nosotros, en nuestra cultura, conmemoramos el 1 de noviembre a nuestros difuntos. Se limpia sus tumbas, se les lleva flores, se renuevan los adornos y se les visita en este día señalado. En mi pueblo, hace una docena de años, cambiaron la ubicación del cementerio y lo apartaron del casco urbano. Una vez visité el nuevo cementerio y quedé horrorizado: la entrada era un muro de cemento descomunal que me recordó inmediatamente a un edificio de estética estalinista, a las paredes de un búnker. Nunca más he vuelto por allí.
¿Volvemos al 'temor reverencial' a los muertos? Sin embargo por los pueblos aledaños abundan amables cementerios con pequeños muros de piedra y aire entre melancólico y pacífico.
A medida que se va imponiendo la incineración como el método menos engorroso a la hora de deshacerse de la carne muerta, del cadáver, lo mismo que las cenizas resultantes, el concepto mortuorio y fúnebre va ganando en levedad. La tumba misma ya puede residir en el aire, en un paisaje como muy tenue nevada, y para los más fetichistas en un recipiente. Desaparece esa necesidad física de anclar a los muertos en la ciudad de los muertos. Desaparece también ese control obsesivo sobre el destino de los fallecidos al desvincularlo del terreno sagrado, que diría la iglesia católica, y del lugar legal de enterramiento para las autoridades civiles, administrativas.
Seguirá habiendo personal que quiera estar alojado codo con codo, hueso con hueso, junto a sus deudos, como si la eternidad admitiera estas componendas de índole afectiva y familiar. También habrá quien elija un lugar que le complazca por su ubicación, que le resulte romántico, sugerente, arraigado, etc, y esté dispuesto a afrontar los trámites administrativos. Allá ellos.
Si tuviera una mansión con extenso y arbolado jardín, y las autoridades lo permitieran, es posible que accediera a que en un rincón me enterraran, con lápida, epitafio (cómo mola), e incluso una fotingo tipo cerámico. No va a ser el caso, así que prefiero desaparecer arrastrado por la brisa, por el viento, por la lluvia: nunca me han ido las aglomeraciones.
'Recuérdala.
Ella olvida.
La tierra que llenó su boca
se disuelve en toda ella.
Recuérdame.
Yo te he olvidado.
Yo penetro en las tinieblas de las tinieblas de siempre.
He olvidado incluso que nací.'
DYLAN THOMAS 'Bajo el bosque lácteo'
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